El beso melillense


14 diciembre 2020





Dedicado, con todo mi amor, a una ciudad que,
aun sin ser el lugar donde nací, en ella siempre
habrá anclado un trozo de mi Alma.



Antes de todo final
hay siempre un algo que se nombra
un deseo, una nostalgia o un rezo―,
una palabra clave, un milagro que borra
la dolama del alma y el cuchillo del miedo.

Hoy pronuncié tu nombre, y lo hice a solas,
sin que nadie me oyera, ni siquiera el eco.
¿Será porque se aproxima la hora
de batir mis almas y emprender el vuelo?

Hoy pronuncié tu nombre, «Melilla»,
y Dios se posó en mi boca,
...y ni siquiera supe el tiempo
que se cruzó por mi lengua esa palabra
nacida tan de mi pecho para morir en tu aurora.
Al alba, sí, quiero morir al alba,
cuando los perros ladren en el «Barrio Hebreo»
y los peces ―querubines de plata―,
entren en la Bahía como quien entra a un templo.

¡Oh, Melilla mía! De igual forma que el verbo se hizo carne,
tu nombre se hace beso en mi saliva,
oasis agareno, agua bendita,
orilla silenciosa,
romance que navega, resucita y evoca
el rumor y la sal de la «Mar Chica»

¡Qué bien sabe la calma de tu aroma!
¡Si esto es la muerte, nunca antes conocí la vida!
Qué bien sabe este beso a patria y a bandera,
a Zoco y a Medina, a corazones libres,
a jazmines rifeños, a efluvios de canela,
a piedras donde en tu vieja Mezquita
rezongan plegarias con sabor a Pastela.

Aunque el beso que lanzo se perderá en el viento,
no habrá arrumaco igual, ni caricia tan plena.
Este dulzor que brindo sabe a verso,
a bronce de campana y roca añeja,
a reliquia sagrada, a belleza suprema,
a gritos de valientes que derramaron su sangre
al pie de una Alcazaba que lloraba en su pena.

Ahí quiero que duerman mis cenizas,
―mecidas en la ensenada―,
para sentirme parte de su arena,
para sentirme perla ancorada
cuando la luna ―bruja de la noche―,
le ceda el sortilegio al Sol de su mañana.

Sentid todos el sabor de este beso,
mi última exhalación,
corazón convertido en aljibe de credos
que a raudales se asoma desde mi alma a mi voz.

Melilla, Rusadir, mi Dama Blanca,
la solidaria, la del obelisco a los Mártires,
la que rinde tributo en su «Plaza de España»

¿No sentís el imán de este beso?
Melilla sabe a pino, a limón y a romero,
a jacaranda y aulaga, a naranja y madreselva,
a algarrobos que, en hilera, custodian con sumo celo
las sombras de su «Lobera».

Qué dulzor el de sus dátiles ―maná de sus palmeras―,
y qué esbeltas las araucarias ―majestad de sus paisajes―,
que miran a Dios de frente, alzándose en «Parque Hernández».

Melilla sabe a leyenda, a sagrario fenicio,
a fortaleza y verdad. ¡Es sabor que trasmina,
que germina en sus calles! Así sabe...
y así huele mi ciudad, a sonrisa y a detalles:
es olor a Santidad.

Y es que mis besos tienen historia...
Hasta hay un bendito barrio,
al que rezo como jaculatoria,
porque lleva nombre de Virgen, de madre, de patrona,
ésa a la que todos llamamos Victoria.

Hora de partir, llega el alba, el sueño eterno...
¡Qué ternura morir así, lambiando este requiebro!
¿No lo percibís desde el Gurugú? ¿No inspiráis el aroma sureño?

Y es que yo soy melillense,
y sólo así se vivir, morir y enamorar...
con besos que no son besos, sino el orgullo de mi ciudad.

(Poema ganador del XXXVIII Certamen de Poesía Ánfora de Plata de la Casa de Melilla en Málaga.

Nota de prensa



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